Entrada destacada

Booktrailers

La más romántica de las historias

viernes, 16 de septiembre de 2016

¿Me enamore de mi amigo Gay? Capítulo 2.1: ¿Me besa?

Capítulo 2.1: ¿Me besa?

La primera vez que durmió conmigo en mi cama, fue a los once años, cuando me dieron la noticia de que mi mamá había muerto. La noticia más terrible de todas.
Ocurrió de golpe. Un accidente de tránsito. Me había comprado un chocolate para traerme como hacía todas las semanas.



En retrospectiva puedo decir que él, un niño aún, un varón, se comportó como un adulto. O mejor.
Mi papá le había pedido a sus padres que se quedara a dormir para hacerme compañía durante la noche.
Como siempre que nos quedábamos hasta tarde viendo películas 3D o jugando con realidad virtual, mi papá tiró un colchón en el piso al lado de mi cama donde siempre charlábamos hasta que nos vencía el sueño.

Esa vez no había sido el caso. Cuando llegó a casa, nos fuimos al dormitorio. De detrás de su espalda, sacó su mano revelando lo que escondía. Extendió hacia mí la flor más bella que me hubieran dado en la vida. Se había trepado al árbol de Ceibo cruzando la calle de casa. La vecina de enfrente se la pasaba custodiando la vereda para echarnos si jugábamos cerca o pincharnos la pelota si caía en su jardín. Con esfuerzo y a hurtadillas se estiró y logró arrancar el ramillete más hermoso que jamás había visto.
La flor nacional y la preferida de mi mamá por ello.



No pude evitar que mis ojos se llenarán de lágrimas y comenzaran a gotear silenciosos. Él simplemente, en medio del silencio, me abrazó y contuvo los sollozos posteriores sin decir ninguna palabra.
No hizo falta.
Ambos nos entendíamos.
Cuando me calmé nos quedamos aún en silencio armando rompecabezas antiguos que tenía mi mamá.

Más tarde nos dispusimos a dormir.



Yo en la cama y él en el colchón. Esta vez hablamos mucho mirando el techo estrellado formando galaxias de luces led que había armado mi papá para mí.
Hablábamos sobre ir al cielo mayormente. Como nos habían enseñado que nos pasaría al
morir.

—¿Creés que se acordará de mí cuando vaya al cielo?
—Claro. Es tu mamá.
Silencio.
—¿Por qué se la llevó Dios, Milho?
—No sé... Tal vez la necesitaba para algo importante me dijo mi papá.
—Pero Dios puede hacer todo si quiere. ¿No podía hacerlo Él?
—No sé Cane...

No pude evitar el llanto ante esa respuesta. Sé que Milho se puso muy incómodo. Pero se levantó del colchón y se metió entre las sábanas detrás de mí.
Me abrazó.
Sentí una paz inmensa. Lentamente dejé el llanto convulso y compungido para derramar cascadas silenciosas.

Él es adoptado, pero siempre tuvo a sus dos papás. Igualmente entendía la tristeza de que te falte alguien que debía estar siempre con vos.
Es mi amigo del alma. Él sabe todo lo que a mí me pasa y siempre consigue ayudarme.

Dormimos haciendo cucharita.

Ese mes se pasó a mi cama muy seguido. Yo sólo me sentía mejor cuando me abrazaba fuerte y podía sentir su pecho, su respiración acompasada en mi espalda hasta que me dormía.
Poco a poco ese nudo en el pecho que revelaba mi angustia se fue sanando. Cada vez hizo menos falta que debiera acompañarme a dormir. Hasta que un día nos encontrábamos haciéndolo como en los viejos tiempos en que jugábamos realidad virtual y nos dormíamos vencidos de sueño luego de largas charlas de leyendas e historias de terror que nos contaban nuestros compañeros en la escuela que "le pasó al amigo de un amigo del compañero de mi papá".



—¿Qué te pasa que me pedís que me quede? —preguntó esta vez, preocupado.
—Nada. Sólo necesito de tus mimos.
—¡Después te malacostumbrás! —dijo juguetón y balanceándose sobre mí y sujetando mis muñecas haciendo rodar mis brazos como en un pase de baile.
—Prometo solemnemente no mal acostumbrarme —juré soltándome y extendiendo mi palma al aire con la otra sobre mi corazón.
—¡No te creo nada!
—¡En serio! Te lo juro.
—No, eso no. No te creo que no te pase nada.
—Vos me conocés como nadie.
—Sí, así que contame.
—Solamente me puse un poco melancólica. Tengo un poco de angustia y vos sos el único que me la saca. Lo mismo de siempre.
—Un día de estos me encuentra tu papá y me saca a patadas.
—Daaaaleeee ¿siiii? —rogué con ojos gigantes y haciendo pucherito sensual con la boca. No porque a él le resultará estimulante. Sino más bien porque quedaba muy tierna e irresistible.

Efectivamente, no pudo resistirse a mi puchero.

Bajó el dron con el mando de la aplicación del celular y lo apagó. Todavía conservaba mucha carga ya que durante el día usaba energía solar mientras recargaba su batería, cuya autonomía es de al menos 48 horas de duración. Y durante el día era imposible que no cargue ya que la mínima luz solar del día más oscuro, era captada, transformada y utilizada o almacenada.

—Tenelo vos este "finde" —dijo entregándome la memoria—. Descargala a ver si hay algo bueno para el taller.
Se refería al de Artes Visuales para el que debíamos recopilar material y armar un corto.



Subimos a su dormitorio. Yo bajé la persiana dejando todo bien a oscuras, me fui al baño y me puse el pijama.
Ya no dormíamos haciendo cucharita. Solamente hablábamos boca arriba o de frente.
Cuando salí del baño, él se había metido en la cama. Se había sacado la remera. Por algún motivo eso me impactó.
¡Qué lindo estaba!
—¿No te molesta que me saque la ropa? Así no se me arruga tanto. Va, más que nada me siento incómodo.
—No voy a ponerme exigente —dije irónicamente.

Me acosté a su lado y quedamos frente a frente.
Nos metimos con las cabezas bajo las sábanas y charlamos en susurros.
Hablamos como cuando éramos chicos.

—Tu papá mañana no te irá a querer despertar temprano para algo ¿no? —consultó preocupado.
—No. Pero no te preocupes que no entra a mi cuarto sin mi permiso. Además puse llave.
—Bien.
—Hablá bajito. Que si escucha que estoy con alguien ahí sí va a querer entrar.
—Bueno —susurró y yo me sonreí.
—Me quiero hacer un tatuaje.
—¿Dónde?
—Acá —contestó y removiendo las sábanas tomó mi mano y la pasó por el costado de sus marcados abdominales por si no los hubiera admirado como correspondía antes.
 Me puse como un tomate y para distraerlo de mi incomodidad continué el interrogatorio.
—Y qué te vas a tatuar?
—Un pingüino.
—¿Un pingüino? —dije escéptica.
Nunca un dragón, una calavera o "una buena víbora" como decía Les Luthiers, grupo musical cómico del que somos fanáticos desde chicos, cuando nos llevaban nuestros padres antes de que muriera mi mamá. Nunca más pudimos parar de verlos en cada espectáculo.
—Sí. ¿Sabés que son tan fieles que cuando no hay suficientes hembras o machos, se juntan con su mismo sexo y quedan gays de por vida porque no cambian nunca más de pareja?

¡Y sí! Es obvio. Si mi amigo es un pingüinito fiel. ¡Más gay no puede ser!

—Si a vos te parece bien —expresé con poco entusiasmo.
—Sí me gustan además. ¡El único animal con esmoquin incorporado! ¡Como Les Luthiers!
Nos reímos pues ellos siempre se visten con esmoquin para los espectáculos.
—¡Shhhh!

Estuvimos mirándonos a los ojos un rato bajo las sábanas pero sin vernos realmente. Hasta que él rompió el silencio.
—Tenemos que dejar de hacer esto.
—Ya vamos a tener tiempo para eso. Cuando tenga novio seguramente no querrá que lo haga —dije esperanzada.
—Vos tenés prohibido tener novio —sentenció sobresaltado.
—¡Shhhh! Mi papá te mata —susurré.
—¿Ves por qué tenemos que dejar de hacer esto? —puntualizó.
—¡Vos no podés prohibirme que tenga novio!
—Claro que sí —susurró.
—No.
—Sí.
—Entonces vos tampoco.
—Yo soy como tu hermano mayor. Yo soy el que pongo las reglas en esto.

¡Awh! Eso dolió. Mi hermano. Claro. Si él era gay. ¿Qué esperaba? Pero igual se me estrujó un poquito el corazón.

Nuestras cabezas chocaban mientras nuestros cuerpos hacían apenas un intento de bollito por el que se tocaban nuestras piernas y nuestras manos chocaban puños frente a nuestras bocas.
Su boca. Qué linda es. No la veo pero sé que está ahí.
Estábamos muy cerca bajo las sábanas. Silenciosamente nos observábamos en la penumbra. Cada uno en sus pensamientos.
"¡Como puede ser tan lindo!" —gritaba mi mente que en la oscuridad evocaba sus facciones.
Esa boca es tan invitadora. Me encontró mirándole alevosamente los labios. Si es que me veía.
Y de la nada se apoyó en un codo y comenzó a pasar su brazo por sobre mí acercándose peligrosamente a mi boca. No lo veía bien. Solo sabía que se acercaba, podía sentirlo el movimiento del colchón bajo nosotros y de su cuerpo pegándose al mío lentamente.
La respiración se me aceleró a mil kilómetros por hora. Mi corazón se desbocaba.
Ya no podía contener el aliento. Cierro los ojos.
Siento su respiración.
Se acerca tanto que... ¿Me besa?

No hay comentarios:

Publicar un comentario