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miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿Me enamoré de mi amigo gay?-Capítulo 3.1: Padres

Almorzamos con mi papá y me tiré a dormir una siesta porque los ojos no me daban más.

Me puse a escuchar un libro con mi teléfono que lee todo lo que se pueda ver en la pantalla y cuando me quedo dormida, los sensores lo ponen en pausa para continuar luego en cuanto me despabilo.

Me despierto con un mensaje de Milho advirtiendo que nuestros padres habían quedado en hacer un asado en casa.

¡Me tengo que cambiar!
Me bañé y empecé a buscar ropa.
¡Todo un dilema!
El placard desborda, pero nunca tengo nada para ponerme. Elegí una minifalda-short de un patrón en gris y blanco y una remera ajustada negra que transparenta mi corpiño de igual color con una textura que simula ser telas de araña. Reservé las botas negras de caña alta para el momento de salir.
Para el asado lucí unas zapatillas y me cubrí con un saco.
Me encontré arreglándome más de lo habitual. Ensayaba maquillarme los ojos para que resalte su marrón meloso. Trataba de recordar las veces que Milho me había halagado el look para imitarlo.
De pronto me daba cuenta de lo que estaba maquinando y sacudía mi cabeza tratando de desprender esos pensamientos.
No lo puedo creer.
¡No puedo estar pensando en seducir a mi amigo...GAYYY!
¡Dios!
Suena el timbre.
Bajo corriendo y recibo a Milho que llegó con la moto y sus padres lo siguen en el auto.
—¿Vamos en moto hoy?
—Obvio —contesta y me besa el cachete.
¡Awww! Se agacha seductor como sólo él y un joven Ricky en su época de esplendor podían hacerlo.
—¿Y tus viejos no tienen que quedarse en el negocio? —pregunto porque era raro que tuvieran el sábado libre.
—Hoy se lo dejaron a los encargados. Comemos, nos vemos una peli o algo y después nos vamos.
—¡Genial, dale!
Nuestros padres saben que Milho es muy responsable y que no toma alcohol. Por eso le confían que vaya en moto y además me lleve.

Mientras los viejos de Milho preparan la parrilla con mi papá, nosotros dos nos encargamos de las ensaladas.
Ya se puso a hacer dibujitos con las zanahorias y la mayonesa de la ensalada rusa.
Encima son florcitas, corazoncitos, pajaritos, patitos de pico naranja y cuerpo de mayonesa,
¡¿Por qué es tan gay?!

Me chanta un dedo con mayonesa en la nariz.
Nos reímos y en cuanto se distrae le planto uno yo.
Antes de terminar enchastrados conjuramos el acostumbrado "pido gancho" y nos vamos al baño a lavarnos bien la cara.

Algo pasó que lo incomodé y tuvo que disimular lo que fuera que estaba haciendo. Pero no pude darme cuenta y no me dio la cara para preguntárselo.
Algo está cambiando entre nosotros. ¿Estará notando lo que me está pasando?
Tengo miedo que mi cabeza termine dañando nuestro relación. Tengo que controlar mis pensamientos.
Pero ¡qué lindo es! No me canso de admirarlo.

Terminamos de limpiarnos, me pongo el saco que había dejado fuera para no mojarlo y volvemos a la mesa.

Los padres de Milho son un cago de risa. Sí, te cagás de la risa. Son dos cordobeses que como buenos cordobeses, se la pasan contando cuentos de borrachos, de gallegos, de santiagueños, de porteños, de lo que venga pero con representación y todo. Son increíbles. Siempre nos divertimos mucho con ellos. Muchas veces más que cuando nos encontramos con nuestros compañeros de colegio.
Contaban el chiste ese del borracho que los compañeros circunstanciales de copas, lo tienen que llevar a su casa porque intentaban pararlo para que se vaya y no se podía mantener en pie golpeándose con cuanta cosa tuviera enfrente hasta que deciden llevarlo a la rastra y enfrentar a su mujer.
Casi me meo en el remate cuando el padre de Milho dice:
—Y la señora le contesta: "Mire, entiendo todo,  que este "culeao" haya tomado tanto y que lo tengan que traer a casa, pero ¿dónde dejaron la silla de ruedas?"

Lo mejor fue la representación del tipo a arrastrándose para volver a la casa habiéndose olvidado que no podía caminar de lo "chupadazo" que se encontraba.

Mientras sirven las achuras, costumbre arraigada por todos los argentinos y que heredamos de los esclavos negros que comían todas las partes de las reces.
No faltaron morcilla, riñones, chinchulines y como corolario del asado más completo que exista, además de las deliciosas mollejas, rodajas de queso provolone en una vasijita de barro a la medida para poner sobre la parrilla con salsa de tomate y unos ajíes morrones asados encima. ¡Un lujo!
Comimos hasta que no dimos más.
Los platos se los dejamos a ellos.
Nosotros dos nos tiramos a oscuras en el sillón del comedor y a escuchar música. Cada uno agrega un tema al equipo desde su celular. Jugamos a decir el nombre de la canción y el autor.

Milho apoya la cabeza en mis piernas. Y con la luz que penetra por la ventana deja entrever sus firmes pectorales y anchos brazos marcadísimos por la remera ajustada que está usando.
Le acaricio el cabello y me ronronea como un gato. ¡Dios! Cada cosa que hace me gusta más. Apoyo una mano en su pecho y ronronea de vuelta.
—¡No podés!
—No puedo ¿qué?
—¡No podés ser tan mimoso!
Me ronronea de vuelta.  ¡Dios!

Nos quedamos ahí un par de horas entre el postre y todo. De la nada, comienzan a sonar unos temas lentos.
¡Uy! ¡Qué melancolía! Yo acá con ganas de
Estar enamorada de alguien pero estoy con un chico que jamás me va a dar bola y ¡encima me ponen estos temas! ¡Me quiero chocar con un tren de frente!

Vienen los padres de Milho y atrás el mío. Escucho que uno le dice a otro:
—¿Y estos dos?
—¡¿Quién sabe?! —contesta.
Creo que hacen un gesto con los hombros. Pero me hago la giluna. Sí, la gila, la boba, la tonta.
Se ponen a charlar de la época en que en los boliches se bailaban lentos al final de todo y qué sé yo qué más cosas pasaban cuando ellos iban a la primaria.

De la nada uno invita al otro y terminan bailando en el comedor.
Mi papá se acercó y me sacó a bailar. ¡Qué tiernos! Pero ¡nada más aburrido que bailar lentos con tu papá!  Así que hizo tres pasos y le cedió la pieza a Milho que no dudó.

¿¡Podés creerlo!? El aparato se pone a bailar conmigo como si fuera el último mohicano. Bueno, me refiero, ¡vos me entendés!
Y a mí me revoluciona todas las hormonas que ya tengo alteradas de por sí.
Siento el aroma de su perfume y me quiero morir ahí acurrucada en su cuello ¡¡por favor!! ¡Qué alguien acabe con mi miseria!! ¡Con esta tortura que se empeña en proseguir!
Encima el pecho firme que contemplaba un momento atrás y que apenas palpaba con el peso de mi mano sobre él, ahora lo siento en todo mi pecho.
¡Ay! ¡Qué ganas de apretujarlo contra mí! Le beso el cuello.
Suena "I don't want to miss a thing". Un clásico.
También siento sus piernas contra las mías.
Es un gay tan varonil conmigo que me confunde. Bueno, él no es del estilo mariposa. Es más bien de los varoniles aunque se le escapa la mariposa en la decoración en general.

Después de tanto arrumaco, me cambio las botas, me pongo la campera de cuero y salimos.
Otra vez más músculos para palpar. Esta vez su abdomen, cintura y espalda. Aprovecho para abrazarlo más fuerte.

Llegamos al boliche y me da la mano para entrar. ¡Este chico nunca va a conseguir novio si los sigue espantando conmigo!
Otra no le queda si tiene que llevarme de vuelta a casa igual.
Lo dejé solo un momento y me fui a bailar, mientras desintoxicaba de él mi organismo.

Se me acerca el mismo pesado de ayer.

—¿No sabe tu novio que no te tiene que dejar solita si no quiere que otro te robe?




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